Presente lo tengo yo

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Presente lo tengo yo

Va de cuento

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Presente lo tengo yo
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Este relato lo escuché en Candela, de Coahuila, donde viven todavía el ingenio y la tradición.

Érase que se era un sacristán. Todos los días llegaba con su escoba a barrer la iglesia, y todos los días miraba a un pobre hombre que postrado de hinojos ante el gran crucifijo del altar gemía y lloraba deprecativamente.


-¡Señor! –clamaba ante el doliente Cristo–. ¡Quiero confesarme! ¡Pero no ha de ser ante un humano, mortal y pecador como soy yo! ¡Únicamente Tú puedes oír mi confesión! ¡La culpa que llevo sobre mí es tan grande que nada más Tú me la puedes perdonar!

El sacristán se conmovía al escuchar la súplica del infeliz. Pensaba en su interior:

-Muy grave ha de ser el pecado que este hombre cometió si tiene necesidad de confesarlo ante Nuestro Señor.

Cotidianamente se repetía la escena. Cada vez que el sacristán entraba en el templo ahí estaba aquel desventurado, de hinojos ante el crucifijo, elevando al cielo su gemebunda súplica:

-¡Señor! ¿Por qué guardas silencio? ¿No llegan hasta Ti mis voces? ¡Escúchame, Señor! ¡Quiero confesarme contigo, para que de mis labios oigas mi pecado y lo perdones con la infinitud de Tu misericordia!

Y sollozaba el hombre de tal modo que al sacristán se le conmovían las fibras últimas del alma. Ganas sentía de abrazar al pecador para llorar junto con él. Por fin el compasivo sacristán ya no se pudo contener y fue a hablar con el señor cura y su vicario.

-Reverendos padres –les dijo lleno de emoción–. Todos los días llega a la iglesia un desdichado que de rodillas ante el crucifijo le pide a Nuestro Señor que lo oiga en confesión. Si su oración no es escuchada pienso que va a morir desesperado. Se me ha ocurrido, padres, un expediente para consolarlo. Les pido que después de quitar la santa imagen del Crucificado me aten ustedes a la cruz. Yo escucharé la confesión de ese pobre hombre y le daré la absolución. Creo que de ese modo su conturbado espíritu hallará la paz. Sé que lo que propongo es una irreverencia, pero los caminos de Dios son inescrutables, y fue quizás Él mismo quien me inspiró el designio.

Los buenos sacerdotes se resistían a obsequiar el deseo del sacristán, pero tan vivas fueron sus instancias que accedieron a atar al sacristán en la cruz para que escuchara la confesión del hombre y le diera el perdón que con tanta aflicción solicitaba. Al poco rato llegó el pecador y se arrodilló igual que todos los días ante la cruz.

-¡Señor! –empezó a rezar otra vez–. ¡Escúchame en confesión!

-Está bien, hijo mío –habló con grave y profunda voz el sacristán–. Te escucharé. Di tus pecados.

El hombre abrió los brazos maravillado.

-¡Gracias, Señor! –prorrumpió lleno de gozo–. ¡Mis oraciones han sido escuchadas! ¡Por fin podré confesarte mi gran culpa, y recibir de Ti la absolución!

-Habla –responde el sacristán–. Por grande que haya sido tu falta, mayor es mi bondad. Dime tu pecado, que yo te lo perdonaré.

El hombre, entonces, inclinó la frente y dijo lleno de vergüenza y compunción:

-Me acuso, Señor, de que le estoy haciendo el amor a la esposa del sacristán.

-¡Aaaahhh! –rugió éste desde lo alto del madero–. ¡Quítenme de la cruz para partirle la madre a este hijo de la chingada!

El pecador huyó despavorido al oír la furibunda reacción del Cristo. Es fama que no volvió a Candela nunca más. También se dice que cuando oía hablar de la gran misericordia del Señor hacía este escueto comentario:

-No es tan grande.
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